Corriente artística · Colección
Figuración moderna
La figura humana sobrevive en pleno siglo de las abstracciones. Cuerpos simplificados, volúmenes densos, superficies tersas: un humanismo que dialoga con la vanguardia sin renunciar a la representación.
- Años
- 1930 – años 70
- Origen
- París, Madrid, Caracas
01 · TRES CLAVES
Rasgos
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Cuerpos sintetizados, sin detalle anecdótico
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Superficie pulida que invita al tacto y a la contemplación pausada
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Diálogo crítico con la abstracción contemporánea
03 · PARADAS ASOCIADAS
En la CUC
04 · BIBLIOGRAFÍA
Para profundizar
- Navarro, P. (1961). Baltasar Lobo . Galería, París.
- Cabañas Bravo, M. (2014). Baltasar Lobo : Un exilio galo . CSIC.
- VV.AA. (2005). Diccionario Biográfico de las Artes Visuales en Venezuela . GAN - Fundación Polar.
02 · CITA LITERAL
Una voz del movimiento
“Un verdadero canto a la maternidad desde la pupila sana y feliz de un hombre que bendice la vida.”
— Pascual Navarro sobre Baltasar Lobo (1961) , en Baltasar Lobo (Galería, París), 1961.
La figuración moderna no es una continuidad académica del siglo XIX: nace en diálogo polémico con la vanguardia. Baltasar Lobo, zamorano exiliado en París tras la Guerra Civil Española, amigo de Picasso, esculpe la maternidad con volúmenes suaves y superficies pulidas que invitan al tacto. Francisco Narváez, principal escultor venezolano de su generación, talla El Atleta en piedra autóctona de Cumarebo y levanta La Cultura como figura alegórica moderna.
No es un realismo académico. Lobo deconstruye la figura de la madre y el niño en curvas que se entrelazan y dejan oquedades donde la luz penetra; su lenguaje bebe del primitivismo ibérico que descubrió de joven en el Museo Arqueológico de Madrid y del biomorfismo que aprendió junto a su mentor, Henri Laurens. Narváez, por su parte, viene de la piedra: durante los años treinta y cuarenta talló una figuración de raíz Art Déco que, tras 1954, evolucionaría hacia la abstracción.
El Atleta, en piedra de Cumarebo, encarna el ideal griego de kalokagathia —la unidad entre cuerpo sano y espíritu formado— con una rotundidad volumétrica profundamente venezolana.
Colocar ambos artistas —uno europeo exiliado, otro venezolano— en igualdad con Arp, Calder o Pevsner dentro del campus era, en 1954, una declaración política: el arte latinoamericano no era periferia, sino interlocutor.